En mi vida pasada yo fui un felino, estoy convencida. Y por eso es que el destino quiere rodearme de gatos, quiere que yo tenga gato y quiere endosarme un maldito gato; pues, a la vuelta de las clases, se ha topado conmigo una gata gris y guapa, muy abandonada en este perro mundo por sus ex-dueños, con los que muy a gusto iniciaría ahora una hecatombre en honneur de Bastet.
Por otra parte, empiezo a odiar esto de sentirme vinculada a la familia zoológica de los félidos, ya que he tenido que acoger a esta gata chez moi, obviamente. La sangre tira más que el agua y no podía dejarla maullando histérica por las calles, acompañada del frío y del vendaval zaragozano. Seguro que no habría hecho lo mismo por un niño. Segurísimo.
En fin, ahora ella ronronea entre mis pies de un lado a otro. Y va y vuelve, y va y vuelve, y va... Pero vuelve otra vez, joder, y aquí no se va a quedar. En parte porque odio a los animales que no son salvajes. Y muy en especial si viven en mi casa.
No obstante y a pesar de todo, a mí me apetecía apodarla Misty Mary Kleinman, sólo que mi hermana no lo ha permitido: "¿Minnie qué? Nada de ratones en esta casa, me da igual que sean Disney".